El curioso caso de Sherlock Holmes

 

Sherlock Holmes es sin dudas el detective más famoso de todos los tiempos. Creado en la imaginación del médico y escritor escocés Arthur Conan Doyle en 1887, este personaje ha cautivado a generaciones por su inteligencia y suspicacia para desenmarañar los casos policiales más complejos de la fría y nublada Londres  de finales del siglo XIX.

El éxito de las primeras dos novelas de Sherlock dio pie para que Doyle se animara a continuar con los casos. Desde esa primera aparición hasta 1927, publicó tres novelas más y 58 cuentos sobre las aventuras del detective y su compañero, el Dr. John Watson.

Como era frecuente en esa época, los relatos aparecieron en la edición mensual de The Strand Magazine, ilustrados por  Sidney Paget.  ¿Cuál es la fascinación que tiene Sherlock que sigue atrapando lectores después de tantos años? Es una compleja respuesta.

Doyle supo componer un personaje con tantas variantes que lo alejan de ser un héroe bueno y noble. Lo muestra como un tipo totalmente fuera de todo convencionalismo. Antipático y ególatra, por un lado. Inteligente, excéntrico, directo y sin costuras, por el otro.

Sherlock y sus casos cautivaron a los lectores ingleses a medida que aparecían los relatos, hasta que un día, Doyle lo mató en una misión detrás del terrible enemigo Moriarty en Suiza en el cuento El problema final, publicado en la revista en diciembre de 1893.

Pero ante la presión de los lectores y de los editores, Sherlock resucitó siete años después en la novela El sabueso de Bakersville, publicada también en entregas mensuales en The Strand. Y así continuó hasta 1927, cuando el personaje se despidió para retirarse a Sussex y llevar una vida tranquila, relajante, cerca de la naturaleza, que tantas veces había anhelado.

Tal como lo describe Watson, Sherlock era un hombre de mediana edad, flaquísimo, de más de 1.80 mts. de altura, de espalda larga y manos delgadas, pero fuerte para defenderse a golpes si fuese necesario. Experto en boxeo y esgrima, pero no se obsesionaba con los deportes. Consideraba que el esfuerzo corporal sin un objetivo es un desperdicio de energía, salvo cuando la vida está en peligro.

Normalmente, usaba un traje levita o tweed y una gorra de tela. Ocasionalmente, un ulster, que es ese abrigo con media capa, que lo hizo tan popular. Para entrecasa, llevaba siempre una bata de color púrpura o azul. Fumaba cigarros, cigarrillos y su pipa lo acompañaba siempre.

Sherlock vivió con Watson en el 221B de Baker Street, en Londres. Cientos de fanáticos llegan cada día a esta dirección para ver si la ficción traspasa a la realidad. Allí pueden encontrar el Museo de Sherlock Holmes y por 15 libras, entrar y recorrer las habitaciones, ver los sillones junto a la chimenea, los juegos de pipa, las escopetas y los revólveres, los tubos de ensayo, la correspondencia traspasada por un cuchillo encima de la chimenea, los libros, las fotos, la ropa, todo extraído de los libros y convertidos en objetos reales.

La debilidad más obvia de Sherlock consistía en que era impaciente con aquellos que consideraba menos inteligentes que él. Podría tener actitudes groseras y rechazarlos y este comportamiento molestaba mucho a Watson, quien era todo lo contrario.

Watson también lo describió como un autómata, una máquina de calcular, con algo inhumano en él. Amaba sobre todo la precisión y la concentración del pensamiento, le molestaba cualquier cosa que distrajera su atención. Siempre tenía algo que hacer, la ociosidad lo agotaba por completo. Pero también podía quedarse días enteros sentado en su sillón pensando, hilvanando pistas hasta resolver un caso. Madrugaba sin problemas y también podía desvelarse sin queja. “Soy un cerebro, Watson. El resto de mí es un simple apéndice”.

Sherlock tenía los sentidos muy desarrollados. Esa era una de sus grandes cualidades para analizar una escena del crimen y descubrir los enigmas más difíciles. Pero también le preocupaba ganar los casos para mantener en alto su autoestima; al final de la historia, disfrutaba contándoles a los policías cómo había descubierto al asesino. Su orgullo era su gran defecto.

No le gustaban los casos comunes, porque como trabajaba más por amor al arte que por la paga, se negó a seguir cualquier investigación que no tuviera algo inusual. No solía cobrar mucho por su trabajo, era tan caprichoso que podía rechazar los casos de gente con poder económico si no desafiaban su ingenio.

Sherlock se describió a sí mismo como un tipo escasamente sociable. No tenía amigos ni los quería. No le gustaba que lo visitaran y mantenía escaso contacto con su hermano mayor Mycroft. Tenía aversión a las mujeres, sólo se fascinaba con la intuición femenina. Sin embargo, su socio y compañero Watson le tenía una paciencia infinita y lo admiraba.

También era muy desordenado. Le horrorizaba destruir documentos, especialmente aquellos que se relacionaban con casos viejos. Acumulaba las colillas de cigarrillo en un recipiente para el carbón, su tabaco en la punta de una zapatilla persa. Escuchaba música y tocaba el violín a horas inusuales, hacía experimentos científicos en la cocina, desarmaba la casa buscando cualquier nimiedad: era el terror de los vecinos.

Pensaba que el amor es una cosa emocional, y lo que es emocional se opone a la  verdadera y fría razón, que es lo realmente importante. Confesó que nunca estuvo enamorado, ni siquiera de la cantante y actriz Irene Adler, como todos creyeron.

“Todas las emociones, y esa en particular, eran aborrecibles para su mente calculadora, pero admirablemente equilibrada. Era, supongo, la máquina de razonamiento y observación más perfecta que el mundo ha visto: pero, como amante, se habría colocado en una posición falsa”, describió Sidney Paget, ilustrador original de los cuentos.

“Mi mente se rebela ante el estancamiento. Dame problemas, dame trabajo, dame el criptograma más abstruso o el análisis más complejo y estoy en mi propia atmósfera. Entonces puedo prescindir de estimulantes artificiales. Pero aborrezco la aburrida rutina de la existencia. Anhelo la exaltación mental”

Holmes pensó que la investigación criminal debería ser una ciencia exacta y tratarse de manera fría y sin emociones. Detalló que las cualidades necesarias para el detective ideal serían: observación, deducción y conocimiento.

Los detalles, las pequeñas cosas, son infinitamente las más importantes. Insistía en que la gente ve pero no observa.

“¡Datos! ¡datos! ¡datos! No puedo hacer ladrillos sin arcilla”. Sin datos, no podía presumir nada ni imaginar nada.

Es un error teorizar antes de tener toda evidencia, dijo. La deducción no es una adivinanza. Las teorías deben adaptarse a los hechos, en lugar de los hechos a las teorías. Advirtió que es un mal hábito formar teorías y esperar tiempo o conocimiento más completo para comprobarlas.  Si se presentaban varias explicaciones a un hecho, intentaba probar una por una hasta que una u otra lo convencía.

Sherlock tenía una vieja máxima: “Cuando hayas eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la verdad”.

Y de esta forma sigue fascinando a muchos lectores.

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