El torrente emocional de los abuelos

Caminando por una de las calles de Madrid, España, justo ahí, sentado en una esquina solitaria, estaba un anciano, bien peinado pero con ropa ajada y zapatos sucios. Miré sus frágiles manos y era incontrolable como temblaba de frio, su mirada gritaba tantas cosas y su sutil sonrisa me confirmó su indefensión. Su postura encorvada y temerosa clamaba por ayuda o tan solo ser tenido en cuenta por algún transeúnte que en un arranque de bondad y autoregulación a su karma, le arrojase una moneda o quizás un trozo de pan que mitigara su hambre.

Fueron muchas las personas que pasaban por aquella esquina, incluso tropezaban con sus pies y con gestos demostraban su repulsión. Yo esperaba y observaba que haría aquel solitario anciano y solo pude ver que frotaba sus manos para obtener un poco de calor; su bostezo frecuente me indicaba que ya el hambre estaba pasando factura.

Decidí acercarme, hincarme a su longevidad, disfrutar de su mirada y compartir mucho más que unos instantes con él. Su mano temblorosa, apretaba la mía en un acto de gratitud, diciéndome que estar sentado allí no era lo mejor y no lo hacía por gusto sino por necesidad. Me relataba que las familias y la misma sociedad exiliaba a los ancianos por considerarlos “averías” o “estorbos”, al ser personas dependientes. Aclara que no es regla general, pero que eran muchos los abuelos abandonados. Al partir, me agradeció por arreglarle el día, desconociendo que él me transformó la vida entera.

Las emociones siempre serán un aspecto muy relevante en el ser humano porque son ellas las que regulan las conductas y se encuentran relacionadas con la motivación y la cognición. Ahora bien, pensar en una definición exacta o un significado adecuado, acertado y en el que todas las ciencias coincidan, hasta el momento no es viable; sin embargo, se podría decir que las emociones se convierten en una respuesta neurofisiológica, alimentada por las percepciones sensoriales, que a través de un proceso multidimensional generan determinadas acciones en el ser humano.

Así mismo, no es factible decir que las emociones varían con la edad, pues todos los seres humanos fluctuamos entre muchas emociones, y aquella predominante depende en gran medida del estímulo interno o externo que se tenga en el momento. Lo que si es posible pensar, es que llegando la edad adulta empiezan a predominar en la mayoría de adultos mayores emociones tales como: la angustia, el miedo, la tristeza, la incertidumbre y en ocasiones el abandono.

Cabe resaltar en este aspecto, que dentro de las principales funciones que tienen las emociones en nuestra vida están: la adaptativa, la social y la motivacional, pues gracias a ellas socializamos, nos adaptamos a un entorno y nos sirven de guía en la línea de la vida. No obstante, es necesario preguntarse: ¿dónde queda este significado, cuando te ves sin fuerza de trabajo, a veces enfermo, abandonado por tu familia y amigos e incluso, por el Estado? Igual que pasó con el protagonista de la historia que encabeza este artículo.

Varios estudios han comprobado que la línea de la memoria en la vejez tiende a marcarse por un aspecto positivo en sus recuerdos autobiográficos. Por esta razón, los que aún disfrutamos esas largas charlas con los abuelos, podemos evidenciar que aman recordar quienes eran, que hacían, que les gustaba, e incluso describir como eran sus padres y como eran de niños, llevando estos recuerdos a ser más confortables y positivos, desatando niveles emocionales altos pero selectivos, incluso relacionándolos con su estado de salud.

Los abuelos, al igual que una persona en cualquier otra edad, tienen emociones fluctuantes y diversas. No por ser abuelos dejan de sentir o sienten menos, todo lo contrario, la mayoría de ellos sienten y optan por silenciar, como mi amigo de aquella esquina, que sufría en silencio el abandono, el hambre y la soledad.

Somos muy tentados a enojarnos y reaccionar bruscamente cuando en casa uno de nuestros abuelos no escucha bien, es un poco más lento para hacer las cosas o tiembla para realizar los quehaceres que antes hacía con firmeza y autonomía. Gritamos, miramos mal e incluso, como lo he visto en varios pacientes, los hacen sentir inútiles o fuera de combate.

Sea este articulo un llamado a la reflexión, al amor y a la compasión, recordando que todos tenemos un ciclo de vida. No seremos jóvenes y vigorosos siempre, llegaremos a una etapa siendo muy sabios y caminando muy lento.

Es por esto que debemos recordar:

  • Saca tiempo para sentarte a escuchar las historias de un anciano, seguro aprenderás muchísimo.
  • Observa su mirada, sus manos, su manera de vivir, él atravesó la línea del tiempo que tu apenas estás atravesando, seguro está cargado de experiencias.
  • Jamás discutas con un anciano, sus raíces ya están echadas, y el ignorante serás tú.
  • Recuerda que ellos son un torrente de emociones y de silencios, aprende a escuchar.
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