Lenguaje inclusivo parte II

lenguaje inclusivo

Nuestro artículo “Sobre desarrollo, cambios y transformaciones en el español” empieza con una cita de Amado Alonso acerca de que el idioma es lo que la gente ha hecho con él, hace con él y hará con él. Eso es cierto, aunque tiene sus bemoles porque existen normas que los hablantes de una lengua aplicamos de manera inconciente: la ley de la economía y la ley de la expresividad del lenguaje. Existe, además, lo que los lingüistas llamamos “el genio de la lengua”, tema al que Álex Grijelmo dedicó un libro, del que les ofrezco estos fragmentos:

“Nuestra lengua esconde un genio interno invisible, inaudible, antiguo, que podemos reconstruir si seguimos las pistas que nos dejan sus hilos. (…).

Nosotros, al hablar, constituimos únicamente el resultado de su lámpara maravillosa: nos expresamos conforme a sus decisiones, heredamos frases enteras, recursos estilísticos completos y continuamos las estructuras sintácticas que él ha diseñado. (…).

Decimos “el genio del idioma” y nos vale como metáfora porque, en realidad, designamos el alma de cuantos hablamos una lengua. El carácter con el que la hemos ido formando durante siglos y siglos. (…). Al describir a ese genio, comprenderemos la historia de nuestro idioma y, como consecuencia, nuestra propia historia (…).”

Esta manera poética de explicar porqué la lengua es un ente vivo que crece y se mueve con hilos propios me permitirá tocar dos temas que considero importantes antes de hablar de “lenguaje inclusivo”.

La lengua común (o general) es el sistema de códigos que compartimos todos los hablantes de un idioma para comunicarnos; dentro de ella encontramos, digamos, subáreas en las que  predominan determinadas estructuras y términos de uso frecuente para especialistas; nos referimos a los lenguajes específicos (o de especialidad): el lenguaje médico, el lenguaje deportivo, el lenguaje de la gastronomía, etc,. A estos lenguajes también se les llama jerga y sirven para que la comunicación entre especialistas, aprendices y mediadores lingüísticos (periodistas, docentes, traductores, etc.), sea más fluida. No obstante es necesario dejar claro que, aún cuando los lenguajes de especialidad tienen una terminología particular y prefieren usar determinadas estructuras sintácticas, cumplen las normas de funcionamiento de la lengua; es por ello que es posible entender un informe médico a pesar de no conocer todos los términos incluidos en él. Es decir, estos lenguajes no han sido creados artificialmente.

Hasta donde sabemos, la única lengua que ha sido creada artificialmente es el “Esperanto” que fue creada a finales del siglo XIX con la intención de que se convirtiera en la lengua universal, sin que se eliminaran las lenguas nacionales. Su nombre viene de spes (latín): esperanza. El Esperanto tiene características que lo convierten en una lengua fácil de aprender y usar, pero, después de un largo siglo de existencia solo algunos curiosos lo estudian y, según Wikipedia, la comunidad de hablantes en todo el planeta apenas alcanza los 2.000.000. ¿Por qué? Pudiera ser justamente porque es una lengua inventada, porque nadie “la siente”, a nadie “le suena”.

Dicho esto, volvamos a nuestro tema. He leído y escuchado que la Academia es retrógrada, que no acepta cambios y que no refleja la lengua actual. Empiezo por decir que la Academia no hace la lengua; se ocupa de sistematizar, y poner a disposición de los usuarios, la manera en que funciona. Supongo que muchos se sorprenderán al saber, por ejemplo, que en el “Libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica”[2] ya aparecen guasap y tuiter, así, como lo pronunciamos los hispanohablantes y sin comillas.

Ahora bien, entre las funciones de la Real Academia y de la Asociación de Academias de la Lengua Española está preservar la lengua. Es esta la razón por la que se hacen recomendaciones de uso y es por eso que en el “Libro de estilo de la lengua española” aparece: “No se considera válido el uso de @, -e y –x para hacer referencia a los dos sexos.” Y más adelante, en el diccionario que incluye este libro, se puede leer:

“género. En Gramática, propiedad de los sustantivos y de algunos pronombres por lo cual se clasifican en masculinos, femeninos y, en algunas lenguas, también en neutros. No confundir con sexo (‘condición orgánica de un ser vivo por la cual es femenino o masculino). No obstante, en el ámbito sociológico se utiliza esta voz para referirse a una categoría sociocultural que implica diferencias o desigualdades de índole social, económica, política, laboral, etc., por lo que son válidas expresiones como estudios de género, violencia de género. Para esta última existen alternativas como discriminación o violencia por razones de sexo, discriminación o violencia contra la mujer, o similares.”

Como se puede observar, la Academia señala la característica del español como idioma cuyas palabras presentan categoría de género, aclara la diferencia entre género gramatical y sexo, reconoce el uso de género en el ámbito sociológico y, como le corresponde, hace las recomendaciones de uso que considera pertinentes.

Me resta solo decir que no acompaño la idea de inventar un “lenguaje inclusivo” porque no se pueden resolver problemas humanos, sociales, laborales, económicos, políticos, ideológicos, o de la índole que sea, con pretendidas soluciones lingüísticas. Tal decisión provocaría confusión y, a la larga, rechazo, por razones lingüísticas, porque, entre otras causas, no es posible pronunciar amig@s, ni amigxs.  Por otra parte, proponer la creación de un nuevo pronombre serviría solo para acrecentar la exclusión, la segregación y hasta, si se me permite la analogía, endorracismo,  porque es simplemente inhumano etiquetar a las personas, confinarlas a un gheto, ahora lingüístico. En palabras de Vargas Llosa

“No hay que ir más allá y forzar la naturaleza para establecer supuestamente una igualdad lingüística. Lo que se obtiene es una situación lingüística profundamente prejuiciada que banaliza el lenguaje, lo empobrece.”

La historia está llena de ejemplos de luchas para lograr igualdad de derechos laborales, o civiles –como el derecho a la educación y al voto-, entre muchos otros, y todo lo que se ha logrado ha sido gracias al compromiso, la organización, la entrega y la perseverancia de miles de mujeres y hombres que han creído en la igualdad de derechos de los seres humanos, en la igualdad de oportunidades. Es decir, las batallas se deben dar en los campos en los que haya desigualdades, hay que darlas con argumentos y razones, y puedo asegurarles que el español, no es uno de esos campos.

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